Huele a moho, en la noche el silencio se escucha como si fuera una desatada tormenta, sus relámpagos ensombrecen el pensamiento jolgórico de los transeúntes. El tip, top del caminar, se acalla en las veredas calcinadas de escarcha. Mientras el fuego del hielo se refleja como una mancha oscura, que se aplasta con hedor a madrugada sobre los ruídos agrandados en mis oídos ciegos y cubren las cortinas levantadas de mis ojos cerrados, olvidando sus deseos de ver en la oscuridad.
Las ranas croan, ruidosas, recalcitrantes, fastidiosas, reiterativas. Incansables desperezan el sueño, mientras el fuego desvelado, sigue contando las horas en los conocidos y viejos ecos de mi reloj que no quiere parar, que no se aburre, y sigue, y continúa y salta de un minuto a otro llenando el ambiente de ruidos acompasados, como en un desierto frío y sin arena.
La mañana se va llenando de murmullos. Sigilosos y zumbadores ratones sin distancia, retozan buscando cañerías donde esconder sus bigotes. Se alejan de la noche tranquila y lóbrega donde los sonidos se vuelven susurros y terminan siendo silencios, como en una bondadosa llamarada de furia.
La noche y el día se amalgaman en un abrazo diluido que se rechaza: el amanecer.
domingo, 14 de octubre de 2007
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